martes, 17 de febrero de 2026

AL ATARDECER DE LA VIDA

 

 Por diferentes circunstancias y motivos en la vida cotidiana, una conversación, una discusión, un intercambio de ideas, una meditación o consideración propia contigo mismo o cualquier otro suceso, puede provocar una situación en que replanteamientos nuevos acudan a tu cabeza, corazón y sentimientos.

Recientemente, algo de todo eso me ha hecho pensar (filosofía barata) en actitudes, comportamientos, sentimientos y reflexiones nuevas.

A este articulo lo denomino “Al atardecer de la vida” por la canción creada por Cesáreo Gabaráin en la que habla de cómo me juzgarán del amor, recapitulando sobre mi comportamiento en general durante la vida transcurrida, si ofrecí pan al hambriento, di de beber al sediento, consuelo a los tristes y enfermos y otros varios terminando este maravilloso poema con un “si no tengo amor nada soy”.

De alguna manera he visto la noche oscura y cercana y he reflexionado mucho sobre ello.

Voy a comenzar con que, si a una gallina le dicen continuamente que es un pato, acabará haciendo cuá cuá pero, si a alguien le dicen mayoritariamente que cojea es que es cojo. Aparentemente ambas situaciones pueden parecer hechos similares y lo son en cuanto al origen externo de los comentarios, pero son totalmente opuestos en la percepción, afección y aceptación del individuo que los recibe.

La gallina representa a un ser vacío, sin criterio, sin personalidad, a una pobre persona sin espíritu que se deja llevar por lo que dicen sin más reacción y a disposición de cualquier manipulador que quiera utilizarlo. Por el contrario, el cojo atiende a lo que le dicen, pero en lugar de amilanarse, tomando conciencia de que es verdad que cojea reacciona asumiéndolo, pero con espíritu de lucha para mejorar la cojera y “normalizar” su apariencia. En adelante, en este articulo posiblemente me referiré más de una vez a los “gallinas” y a los “cojos”.

No va a ser fácil conseguir plasmar en estas líneas las pensadas que han pasado y están pasando por mi cabeza en estas semanas. Lo voy a intentar. Aunque no de forma totalmente ortodoxa, voy a colocar las ideas como si de una estantería se tratara, cada cosa en su lugar. Siempre desde mi forma de verlas, quizás en algunos momentos demasiado particular.

Quiero hablar sobre el amor propio, la autoestima, el ego, el narcisismo.

El narcisismo, por tratarse de una enfermedad, lo dejo fuera de mis pensadas ya que siempre es aconsejable acudir a un profesional para su tratamiento. Las relaciones con narcisistas siempre acaban siendo tóxicas. Usan a los demás para validarse, necesitan constantemente la admiración de los demás. Tienen muy poca empatía.

El amor propio y el ego son algo que van implícitos en la categoría del ser humano, es decir, los tenemos todos.

Los niveles de conocimiento y aceptación (gallina o cojo) de uno mismo son los que marcan las diferencias y, de alguna manera, nos conducen por el camino a seguir.

En el amor propio podemos identificar componentes como orgullo, prepotencia, chulería, cabezonería, apariencia, y otros más que, en cualquier caso, considero que son modulables y rectificables en función de la educación y los entornos en que nos hemos desarrollado a lo largo de nuestra vida tanto personal como profesional. Posiblemente adquirimos el nivel de cada componente según nos vamos aceptando, quizás por ello el amor propio es bastante estable en la personalidad de una persona, “me cuido y me respeto”. El autorreconocimiento es fundamental para saber si somos gallina o cojo, el conocimiento de nuestras fortalezas y debilidades, el autocuidado y la aceptación. Al final vale aquello de “me quiero, aunque no sea perfecto” o “nadie es perfecto, pero quién quiere ser nadie”. Complicado.

El ego ha de valorarse por uno mismo en su justa medida, “ni más ni menos que los demás”. Por el ego se llegan a manifestar muchos rasgos de nuestra personalidad, buenos y malos, la egolatría, el egoísmo, el altruismo y otras características que en definitiva son consecuencia de un ego descontrolado en el que se permite la influencia de factores externos de nuestro entorno. Está muy condicionado por el amor propio, viene a ser la imagen que construyes de ti mismo hacia los demás para sentirte importante o protegido, necesitas tener la razón, te defiendes cuando te sientes atacado.

Tanto el amor propio como el ego podríamos decir que se construyen como fruto de lo que creemos que nos ven los demás, responden a inputs externos y así es como se manifiesta nuestra personalidad hacia los demás. De ellos viene y a ellos vuelve, pasando por todo un proceso interno de acomodación y construcción que no es precisamente fácil salvo que nos de igual lo que piensen, pero al final estaremos decidiendo ser gallina o cojo.

Con la manifestación de estas consideraciones es como actuamos en las discusiones y en las tertulias entre amigos o familiares además de relaciones profesionales si procede. Puedes alterarte o asentir y dar conformidad a lo que digan los demás proponiendo tus propias ideas y criterios o dejándolo pasar por no discutir.

Es muy frecuente que estos episodios se produzcan mucho por diferencias de edad, problemas generacionales: los abuelos están pasados, trasnochados y no saben, no dándose cuenta de que precisamente una generación supone 25 años de vida más y dos generaciones 50 años más, si no son tontos y generalmente no lo son, saben bastante más de la vida que lo que se les otorga.

También pueden darse por problemas elitistas o de estatus: Alguien del grupo se apropia de la verdad y el conocimiento queriendo sentar cátedra, “yo sé de esto más”, “las cosas son así como digo yo”. Esto también puede darse precisamente por egos mal construidos.

En cualquier caso, hay circunstancias que sientan verdaderamente mal. Comentar una noticia publicada y que alguien se arrogue su conocimiento como si los demás no leyéramos. Se plantean soluciones a un problema tuyo al que le has dado mil vueltas y has valorado y medido las diferentes opciones, pero ahora has de escuchar lo que has de hacer como si tu estuvieras en belén con los pastores.

Para el final he dejado deliberadamente la autoestima. Si el ego y el amor propio son consecuencia de factores externos y para nuestra imagen exterior, la autoestima es precisamente lo más tuyo propio para ti y contigo mismo. Viene a ser la valoración que haces de ti mismo, cuanto se de mí, qué valía y capacidad sientes, confías en lo que puedes hacer, aceptas críticas sin derrumbarte (cojo más que gallina). Tu autoestima pasa básicamente por sentir respeto contigo mismo, estar satisfecho con los logros alcanzados, el convencimiento de servir de algo, afrontar el devenir con total entereza y confianza “sé de qué soy capaz”.

Si decíamos que el ego y el amor propio respondían a circunstancias externas, la autoestima es solo de ti para ti con pleno conocimiento y convencimiento. También es cierto que la autoestima puede tener oscilaciones, menos estable que el amor propio.

Como resumen de estas pensadas creo que un amor propio en su justa medida más la autoestima son primordiales para un equilibrio emocional correcto. Un ego dominante será motivo de conflictos.

Bueno, doy por terminada ésta pensada, resumen de varias pensadas y espero que al posible lector no lo haya liado más de la cuenta.

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